La carta

Llega con prisas la carta a mis manos, aplico una eficacia inaudita, la rasgo sin abrecartas y la contemplo, el papel plisado sin enmienda y una excelsa caligrafía en su lívido cuerpo. Fechada ayer reconozco su letra, sé que ha tardado más de lo imaginado en escribirla, valiente decisión, es como hacerle un desplante a la vida. Miniada escritura, como si la pluma en sus manos fluyera haciendo alarde de osadía y a la vez de una exquisita humildad. No tuve en cuenta el saludo programado, el que siempre encabeza la correspondencia inmediata; el revés, su firma cincelada y majestuosa sin temblor aparente me desboca y me hace imaginar el encanto de tan tortuoso camino hasta llegar a mis ojos. Reparo en ella, en la finura de su trazo, no advierto ni un amago del coste que supone y valoro su tesón, su arduo esfuerzo, la sutileza de su entrega, bordando cada signo en el pálido lino. Delato entreveradas letras de trazos infinitos en su extensa confesión, me quedo en los alargados trazos verticales y sé de lo brillante y del magnífico retén de las ideas hasta alcanzar el pulso y desplegarse suave. Esta epístola merece su lugar adecuado, no sé desde que isla, ciudad o mundo me llega, pero sé que la fecha es falsa y no eres capitán de navío, aún no has conseguido escribirla.

M.Elorza

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